Quienes no merecen llamarse maestros: danzas de calle

Para algunas procesiones de la iglesia, especialmente en Sevilla, era habitual que se incorporasen danzas en las que podían participar los estratos más bajos de la sociedad. El Juan Esquivel Navarro era sevillano y debía conocer muy bien el funcionamiento de estas manifestaciones.

Este tipo de danzas tuvo maestros y coreógrafos y todo conduce a pensar que éstos pertenecían al tercer grupo que según Navarro no merecían mención. Eran los maestros de las compañías de baile, compañías que solían funcionar de un modo semejante a las compañías teatrales pero que podían participar también en las fiestas religiosas. No era fácil su subsistencia dado que necesitaban la aprobación de la iglesia e incluso dependían de su contratación para poder permanecer activos.

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 La actitud permisiva de la iglesia respecto a la danza era un arma de doble filo. Por un lado garantizaba la subsistencia de los bailarines pero, por el otro, implicaba su control absoluto. Las danzas ligadas a las festividades religiosas necesitaban la aprobación eclesiástica que ejercía un juicio crítico tanto en el contenido como en la forma. Los miembros de la compañía también eran sometidos a un control riguroso de sus vidas privadas. Un interesante trabajo de Lynn Matluck Brooks nos muestra detalles de las condiciones bajo las cuales se contrataba a las mujeres que bailaban para la iglesia.

Las mujeres solteras no podían bailar y las mujeres de la compañía de baile debían acreditar su estado civil para poder trabajar. Las bailarinas, comediantes y cantantes de la época, solían ser calificadas de inmorales. Por contrapartida las mujeres que lograban atravesar los escollos del control eclesiástico podían llegar, incluso, a dirigir sus propias compañías. Estos casos, aunque poco frecuentes, solían darse cuando fallecía el maestro de la compañía y dejaba en herencia la responsabilidad de la compañía a su mujer o a alguna de las hijas. Puede constatarse la contratación eclesiástica a compañías llevadas por mujeres desde 1574, año del primer contrato encontrado hasta el momento firmado por una mujer.

La danza de las compañías de baile podía tener un argumento relacionado con la festividad en la cual se incluían pero, sobre todo, debía responder a las necesidades impuestas por la iglesia. Para la iglesia, la inclusión de danzas en algunos ventos constituí una forma de integrar a los grupos más difíciles de la sociedad y a regular el ritmo de marcha y controlar a la urbe; era un medio efectivo para evitar desmadres, una herramienta de control. Las danzas podían sucederse en un orden establecido a modo de suite incorporando pavana, tourdion torneo, alta, baja, alemanda, españoleta, folias, chacona, canario y villano. Las compañías más activas durante el reinado de Felipe IV trabajaron en Sevilla y se conocieron como la compañía de los Medina y la de los Céspedes.

Por medio de una fuente teórica nos ha sido posible elucidar información sobre diferentes espacios en los que se realizaban danzas, sin embargo queda aún mucho más por conocer de las danzas españolas del siglo XVII. Algunos especialistas siguen trabajando incesantemente aportando resultados relevantes desde la perspectiva de la reconstrucción coreográfica y del repertorio como Ana Yepes, Pilar Montoya, Beatriz Martinez del Fresno, María José Ruiz Mayordomo o Cecilia Nocili. Gracias a ellos podremos continuar en la interesante labor de reconstruir la historia de la danza y contribuir de este modo a una comprensión integral de la cultura hispánica del Siglo de Oro.